Hacia el norte de Camboya

El viernes nos levantamos, hicimos check out en el hotel y ya teníamos concertado el viaje con el tuktukero con el que habíamos viajado el día anterior que, por dos dólares nos acercó a la estación de buses.

Al llegar a la estación fuímos a sacar el billete para el bus de las once a Battambang, pero un empleado de la compañía nos explicó que ese bus no iba a salir porque no había viajeros suficientes y que debíamos esperar al autobús de la una y media del mediodía.

Esta es la compañía más importante pero no la única que viaja a Battambang, así que valoramos ir a otra, las estaciones van por compañías, pero como solo teníamos los horarios de ésta al final decidimos esperar al bus de la una y media.

Al volver a sacar el billete, cinco minutos despues, nos comentaron que al final si iban a fletar el bus de las once. En fin, “khmer style”.

Subimos al autobús a las once menos diez, pero no arrancó hasta las once y media. Estuvo esperando a viajeros de última hora para que fuese más rentable el viaje.

La mayoría de los viajeros eran camboyanos. Entre ellos tres monjes budistas y una monja católica.

El bus era veterano y estaba trillao, pero el aire acondicionado funcionaba bien y las carreteras no estaban del todo mal, así que no fue demasiado rollo aunque las seis horas no nos las quitó nadie.

Battambang es la cuarta ciudad en importancia de Camboya, seguramente por su cercanía con la frontera tailandesa, pero aparenta ser un pueblón con mucho aire de provincias.

Tiene un marcado pasado colonial que se deja ver en construcciones de finales del siglo XIX y comienzos del XX de estilo francés, aunque exceptuando algún edificio oficial, como el del Banco Nacional de Camboya, hace tiempo que no ven una mano de pintura.

La llegada a Battambang fue un poco desastre. Los tres o cuatro extranjeros que viajaban en nuestro bus se bajaron a mitad de camino y al llegar eramos los únicos no camboyanos. No acabó de aparcar el bus y ya teníamos encima un enjambre de comisionistas de hoteles y tuktukeros que no nos dejaban dar un paso.

Menos mal que nuestro hotel, el Asia Hotel, estaba justo enfrente de la estación de autobuses y les pudimos convencer de que no necesitábamos de sus servicios. Eso si, de uno en uno.

Ducha en el hotel y nos fuimos a descubrir Battambang y tras un paseo cenamos y nos fuímos a dormir que entre unas cosas y otras había sido un día largo.

Ayer madrugamos y aprovechamos para seguir visitando sitios interesantes en los alrededores de Battambang. Comenzamos por el bamboo train.

En Camboya no hay servicio de trenes de pasajeros y solo hay de mercancías en algunos trayectos. Los franceses dotaron al país de unas infraestructuras ferroviarias que, el tiempo y las circunstancias históricas del país, han inutilizado. La mayoría de los tramos de vías no nos aptos para que pase un tren.

Pero el camboyano es un pueblo apañao y en algunos tramos han aprovechado las vías para comunicar pueblos vecinos con un curioso sistema.

Con unas ruedas de tren, un armazón de bambú para unirlas y sentarse, el motor de una motobomba y un cacho de goma para hacer de correa de transmisión consiguen hacer un minivagón del tamaño de una cama grande que les permite transportar fruta, leña, …

En Battambang (y en algún sitio más como cerca de Pursat) es posible montarse en unos de estos inventos.

Así que contratamos uno de estos “trenes” y nos fuimos Cris y yo, con el conductor detrás por un trayecto de varios kilómetros, unos veinte minutos en cada sentido, sobre una vía que en pocos tramos es paralela del todo, con saltos en las juntas, a una velocidad que parecía alta (igual el traqueteo y el sonido del motor hace que parezcas que vas a más velocidad de la que vas) y con el culo a un palmo de la vía, recorriendo un curioso trayecto entre campos de arroz. Fue muy divertido.

Despues estuvimos viendo la mansión familiar de un señor camboyano que debió ser muy reconocido en los años veinte del siglo pasado. La casa era un casoplón curioso, de madera de teka, pero tampoco nos llamó mucho la atención. Menos mal que nos pillaba de paso.

Más tarde fuimos a una granja de cocodrilos. Nunca habíamos visto un cocodrilo en vivo y es muy curioso ver tantos, tan tranquilos y cómo cuando de repente uno hace un movimiento brusco, todos se mueven rápidamente, oyes el sonido de sus colas y aunque vayas por un pasillo elevado dos metros sobre ellos, asusta de verdad.

Tras ésto estuvimos recorriendo el mercado local de Battambang. Un laberíntico mercado de fruta, ropa, carne, …, con olores potentes y que nos resultó también interesante.

Además reservamos en el hotel los billetes para el barco que esta mañana nos traería remontando el río Sangkae hasta el lago Tonlé y de ahí a Siem Reap para ver los templos de Angkor.

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