Donde la piedra es el tesoro

angkor.jpg

Cuentan que una simple mariposa tuvo la culpa. Que un naturista francés, Henri Mouhot se llamaba, iba tras ella y encontró las ruinas de Angkor en noviembre de 1859.

Ignoraba entonces el tal Mouhot que siguiendo aquel aleteo iba a devolver al mundo uno de los mayores tesoros, si no el mayor, que el pasado le ha otorgado. Que parece obra de dioses más que de hombres.

Que está, en todo caso, mucho más cerca de lo divino que de lo humano. Que es un lugar donde el tiempo se detiene, donde las manecillas de cualquier reloj dudan, la luna espera noche tras noche que llegue su turno y el sol se levanta cada mañana pidiendo permiso para posar sus rayos sobre piedras tan milenarias.

Sobre un ancho puente las cabezas talladas de 54 dioses y 54 demonios se ponen firmes para recibir al visitante.

angkor2.jpg
Al frente, un estrecho portón, por el que apenas pasa un automóvil, nos adentra en el pasado; y en lo más alto de la gran puerta el rostro impresionante de Jayavarman VII, el amo y señor de vidas y muertes, que en el siglo XII construyó Angkor Vat, la capital del imperio jemer, se proyecta hacia los cuatro puntos cardinales para avisar al viajero que está en el centro del universo.

Ésta es sólo una de las cinco puertas —y ellos son sólo 108 de los 540 dioses y demonios que las vigilan—que dan entrada al gran complejo arquitectónico de Angkor: mil templos esparcidos por poco más de doscientos kilómetros cuadrados de jungla camboyana.

Entre los siglos IX y XII, una docena de reyes jemeres edificaron, entre los montes Kulen y el lago Tonle Sap, una sucesión de capitales, como Angkor Thom, que llegó a albergar a más de un millón de personas en su época más floreciente.

Cuatro días, cuatro días es lo que le recomiendo al viajero que pase yendo de un lado a otro, viendo y volviendo a ver, repitiéndose, vagando sin rumbo, parándose cuando llueve, arrancando nuevamente cuando cesan de caer sus rotundas gotas de agua que lo empapan todo, absolutamente todo.

Cuatro días no es demasiado si se habla de Angkor, si se tiene un coche con conductor que le avise a uno de la hora exacta en la que empezará a llover y le lleva de templo en templo una y otra vez; cuatro días no es casi nada si también se visita el mercado central de Siem Reap, la pequeña ciudad llena de hoteles caros y baratos que vive a expensas de las ruinas, y pierde uno el tiempo regateando la compra de algunas antigüedades, no demasiado antiguas, pero, eso sí, a buen precio.

Cuatro días que tienen que empezar por Angkor Vat, la joya de la corona. Su arquitectura es simplemente perfecta, su escala y formalidad estructural no tienen nada que envidiar, dicen los expertos, al mismísimo Taj Mahal, aunque al contrario que éste se encuentra no en un entorno urbano sino a caballo de una jungla, un bosque y una llanura.

Sus cinco torres simbolizan el centro del universo hindú. Hay que empezar a verlo muy de mañana, cuando todavía los rayos del sol no han hecho su aparición; está rodeado de murallas y de un foso que antaño estaba repleto de cocodrilos y que ahora sólo se llena de agua en la época de las lluvias.

Si madrugas puedes oír los cánticos de los monjes budistas, con sus túnicas color naranja, cuando empiezan su peregrinaje matutino en busca de limosna, y percibir el intenso olor del incienso que el sol matará poco después.

Hay quien asegura que lo mejor de Angkor Vat no es lo que se ve desde el exterior, sino lo que se puede descubrir en sus entrañas: la calidad y la extensión del bajorrelieve esculpido sobre las cuatro murallas exteriores que lo rodean.

La calidad artística de esta narración tallada en piedra, e inspirada en el Ramayana y en las titánicas guerras entre los hombres y los dioses bajo formas de animales, es simplemente irrepetible, de una belleza sin igual y única en el mundo por su tamaño: casi 1.600 metros dividios en ocho paneles.

Cabe destacar la narración que transcurre por la pared de la galería sur, El juicio de Yama, donde se pueden apreciar las descripciones divididas de la vida en el cielo, parte superior del mural, y en el infierno, parte inferior. También El batir del océano de leche, donde se describe cómo los dioses y los demonios dan caza a una serpiente para elaborar el elixir de la vida.

Vía El Mundo – Viajes

Anuncios

2 pensamientos en “Donde la piedra es el tesoro

  1. Hace 3 semanas decidí viajar con una amiga desde Buenos Aires a Tailandia y Camboya. El miercoles 19 estaremos volando a Bkk via Frankfurt. Debo decirte que tu blog es de una ayuda inmensa!! Te felicito y te agradezco!!! Juana.

  2. Pingback: Ya he contratado al guía para Angkor « Tailandia & Camboya

Los comentarios están cerrados.