Camboya

Templos antiguos, playas desérticas, poderosos ríos, bosques remotos… y, más allá de Angkor, escasos visitantes.

Camboya ha resurgido de sus cenizas tras décadas de guerra y aislamiento, situación que lo convirtió en un país de atrocidades, refugiados, pobreza e inestabilidad política.

Los mágicos templos de Angkor atraen de nuevo a los turistas, que los contemplan admirados, y el país figura de nuevo en los mapas como destino turístico del Sureste Asiático.

El nombre que recibe el país deriva de Kanbuja, nombre dado por los jemeres. Camboya, estado sucesor del poderoso imperio jemer -que gobernó gran parte del territorio que en la actualidad ocupan Vietnam, Laos y Tailandia-, presume de una gran riqueza cultural, una bella capital colonial francesa, algo deteriorada, y un imponente paisaje natural.

Durante la época del imperialismo, como la mayoría de los países del sudeste asiático, fue colonizado, esta vez por los franceses, quienes establecieron un protectorado en 1863, formando parte de la Indochina francesa.

Éstos emprendieron una importante labor de reconstrucción de templos de la época del imperio jemer.

Ocupada por Japón durante la segunda guerra mundial, en 1953 consiguió su independencia, abriendo así una época de cambios turbulenta. Pol Pot y su partido, los jemeres rojos, establecieron, entre 1975 y 1979, un gobierno comunista tan radical que el gobierno cayó tras una invasión del ejercito vietnamita (comunista) a Camboya y la posterior intervención de la ONU.

El país disfruta de una reciente pero relativamente estable paz, y poco a poco está atrayendo el turismo, que en la actualidad se decanta por la vecina Vietnam.

No obstante, el panorama no resulta tan alentador como pudiera parecer, a causa de la existencia de minas terrestres y actos de bandolerismo que se suceden en las zonas más remotas. En la actualidad, las rutas más transitadas parecen ser las mejores para visitar.

Vía Lonely Planet

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